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En poco tiempo, la comida llegó a la mesa. El aroma tentador de los platillos chinos llenó el aire, y ambos comenzaron a comer. Amelia sintió que la comida era excepcionalmente deliciosa; su estómago se lo agradecía, pues tenía mucha hambre. Por su parte, Maximilian también disfrutaba en silencio, saboreando cada bocado.

De repente, a mitad de la comida, Maximilian decidió preguntar algo que dejó a Amelia perpleja y visiblemente incómoda. La tranquilidad que había reinado hasta ese momento se d
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