El primer rayo de sol se coló por las persianas, dibujando una franja dorada sobre la cama, pero Amelia no sintió su calidez. Un martilleo sordo resonaba en sus sienes, un dolor de cabeza persistente que se aferraba a ella desde el momento en que abrió los ojos. Respiró hondo, intentando espantar la molestia, pero era inútil. "Otro día", pensó, y la idea de levantarse se le antojó una escalada titánica.
No quería faltar al trabajo, no ahora que sentía que finalmente estaba encontrando su ritmo,