En la penumbra de su lujosa habitación, Marcus se hallaba sumido en un estado de furia contenida. El aroma acre del whisky se mezclaba con el humo denso de su cigarrillo, que exhalaba lentamente. Sus ojos, inyectados en sangre, no podían apartarse de las cuantiosas fotografías que sus hombres le habían entregado. Eran imágenes de Amelia y los trillizos, riendo en el parque, entrando a la heladería, subiendo a un taxi. Pero lo que realmente encendía su rabia eran las fotos de Amelia llegando a l