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El estacionamiento aún tenía el bullicio de familias saliendo del cine, los ecos de risas infantiles y el aroma persistente de palomitas de maíz en el aire.

Keiden, con una sonrisa tranquila, propuso llevar primero a Natalia y Nathan a casa. Sin embargo, el pequeño Nathan se aferró al brazo de su madre, rogando con entusiasmo:

—Por favor, mamá, ¿puedo quedarme en casa de los abuelos? ¡Por favor!

Natalia abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera decir algo, Roberto y Graciela,
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