Punto de vista de Sofía
La suave luz de una mañana de domingo se filtraba a través de las cortinas, pintando la habitación con un resplandor cálido y acogedor. Yacía acurrucada en la mullida comodidad de la cama, saboreando la rara sensación de completa relajación. Los acontecimientos del día anterior; la tensa confrontación con mi padre y el inesperado consuelo de Adrián, parecían un sueño lejano e inquietante.
Mi teléfono vibró insistentemente en la mesita de noche, rompiendo la tranquila quietud. Gruñendo, lo alcancé, entrecerrando los ojos ante la pantalla brillante. El nombre de Esperanza parpadeaba, un faro de energía para el que no estaba del todo preparada.
—¡Buenos días, rayito de sol! —Su voz, una explosión de puro entusiasmo, prácticamente estalló a través del altavoz. Incluso a esa hora indecente, era una fuerza de la naturaleza.
—Buenos días, Esperanza. —Murmuré, incorporándome contra el cabecero. El sueño aún se aferraba a mí como un peso cálido y reconfortante.
—¡Prepár