Punto de vista de Adrián
El aroma de carne asada y especias sabrosas flotaba en el aire cuando entré en la cocina. Eran casi las siete, y los retortijones de hambre comenzaban a hacerse notar. Sofía estaba sentada en la mesa del comedor, con un plato a medio comer frente a ella. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera contemplando alguna ecuación compleja. Levantó la mirada cuando entré, y un destello de sorpresa cruzó su rostro antes de que rápidamente lo ocultara con una expresión neutral.
—Siéntate —dijo, con voz serena y educada—. Te traeré tu comida.
Se levantó y desapareció en la cocina, regresó momentos después con un plato humeante de bistec, puré de papas y lo que parecían ser verduras perfectamente asadas. Lo colocó frente a mí, el tintineo de la cerámica contrastaba con el suave zumbido del refrigerador. Luego, retomó su propia comida, con movimientos precisos y económicos.
Había pasado casi un mes desde nuestro... acuerdo. Nuestro matrimonio forzado. Y esa era