—¡Suéltame! —pidió ella, llevándose el brazo hacia el cuerpo, con los ojos llenos de pavor.
—Vine a sacarte de aquí —expliqué, intentando que mi voz sonara un poco más amable, aunque estaba nervioso por todo lo que estaba pasando.
Ella me miró con odio, como si todo lo que yo dijera tuviera un sabor amargo.
—¿Después de haberme puesto en este lugar? —preguntó, sin importarle el tono de la voz.
—¿De qué estás hablando?
—No te hagas el desentendido —gritó.
Una camioneta frenó a nuestro lado y Hum