Al darse cuenta de que yo no tenía la menor paciencia, respondió en voz baja:
—Ella ya no está alojada en esa habitación.
—¿Qué? —pregunté, confundido, sin entender qué significaba aquello.
—Su madre dijo que había que sacar a Sara de allí —dijo, mirando al suelo.
—¿Y adónde diablos la mandó? —pregunté, con la rabia subiendo, con ganas de golpear la pared.
—Al cuarto de los empleados —explicó.
No podía creer lo que acababa de oír. Contuve el impulso de estallar y forcé la poca paciencia que me