Sara Lemos.
Ya hacía una semana que estaba trabajando en aquel chiquero y, aunque mi cuerpo dejaba claro que no había sido hecho para eso, a nadie parecía importarle. A nadie, excepto a Humberto, el capataz que siempre me llevaba hasta allí y permanecía conmigo durante el día.
Al principio, le tenía miedo. Su forma callada, la mirada demasiado atenta… todo me incomodaba. Pero, con el paso de los días, me di cuenta de que había algo diferente en Humberto. No me observaba por desconfianza, sino p