—Renato… ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, al notar que él se esforzaba por mantenerse en pie.
Él intentó recomponerse, pero el equilibrio le fallaba.
—Vine a pedirte perdón —dijo, con el habla ligeramente arrastrada. —Por lo de antes… no pude quedarme contigo.
Sara frunció el ceño, acercándose.
—Dios mío… mira cómo estás —murmuró, sujetándole el brazo para evitar que perdiera el equilibrio. —Apenas puedes mantenerte en pie. ¿Cómo lograste llegar hasta aquí solo?
Soltando una risa baja, sin