En la mesa de la cena, el silencio era casi ensordecedor. Solo se oía el sonido de los cubiertos rompiendo el silencio.
Mientras comía, Constança no quitaba los ojos de Sara, atenta a cada gesto, a cada movimiento tenso. Percibía con claridad cuánto se sentía incómoda en aquella situación y, aunque una parte de ella se satisfacía con eso, otra permanecía inquieta.
Por más que apreciara ver a Sara fuera de lugar, había algo que la mantenía en alerta: la presencia de Soraya. La idea de no saber q