Al llegar a casa, Maia bajó del coche, pero Théo no.
—¿No vas a bajar? —preguntó ella, al verlo inmóvil.
—No, creo que voy a dar una vuelta por la ciudad, no tengo ganas de entrar en casa ahora. —Respondió serio.
—Pero dijiste que no te estabas sintiendo bien. ¿Y si por acaso te pones mal estando solo?
—No te preocupes por mí. —La miró. —Entra, hace frío aquí fuera.
—Está bien, buenas noches, entonces.
Ella salió de allí, entrando en la casa, sin entender el cambio de humor del marido.
Aún en e