El tercer día sin Sebastián se sintió más largo que los anteriores.
Alejandra ya no contaba las horas; contaba los silencios. Cada vez que miraba el teléfono y no veía su nombre, algo en su pecho se tensaba un poco más. No era ansiedad amorosa —o al menos eso se repetía—, era incomodidad. Era la sensación de estar excluida de algo que, aunque falso, la involucraba.
Se sirvió café por la mañana y se sentó en la mesa sin realmente beberlo. El departamento estaba demasiado ordenado, demasiado quie