Los días siguientes se deslizaron con una lentitud cruel.
Alejandra empezó a medir el tiempo no por horas, sino por gestos: por cuántas veces Sebastián evitaba mirarla, por cuántas frases decía sin emoción, por cuántos silencios se acumulaban entre ellos como muros invisibles. Él cumplía su parte del contrato con una precisión impecable, casi quirúrgica. Y eso, lejos de tranquilizarla, la desarmaba.
Desayunaban juntos.
Dormían bajo el mismo techo.
Compartían espacios, rutinas, incluso risas aje