Sebastián no volvió esa noche.
Alejandra lo supo antes de confirmarlo. No fue una certeza lógica, sino una intuición pesada que se le instaló en el pecho cuando el reloj marcó las once, luego la medianoche, y el departamento seguía igual de silencioso. Demasiado silencioso.
No había mensajes.
No había llamadas.
Nada.
Intentó convencerse de que estaba exagerando, de que él había dicho que llegaría tarde, de que siempre había sido así. Pero algo era distinto. Esta vez no era solo distancia emocio