A la semana, Dante ya no preguntaba a qué hora llegaba.
Lo sabía. Había empezado a saberlo con una precisión que no tenía nada de casual, como si alguna parte de él monitoreara los horarios sin que él lo hubiera decidido. Cuando Valentina llegaba cinco minutos tarde, él estaba en el hall. Cuando llegaba puntual, lo encontraba en el despacho con la puerta abierta, lo cual no era su costumbre cuando trabajaba.
El martes de la segunda semana, Valentina llegó a las seis menos cuarto y lo encontró e