Las cálidas manos de su esposo se posaron sobre su apenas abultado vientre. Victoria se movió un poco en la cama, pegando más su espalda al pecho de César, mientras suspiraba un te quiero entre sueños. Era la mujer más feliz del mundo en ese momento. A lado del hombre que la amaba como se merecía.
Podía decir sin miedo a equivocarse que su vida era perfecta. Por esa razón, conciliar el sueño, para ella, era como ir de la mano del propio Morfeo. Pero entonces el sonido de una voz extraña diciend