César se desplomó sobre el suelo sintiendo un remolino de emociones en su interior. Aquella mujer no era su esposa, no era Victoria, pero eso no le hacía sentir ningún consuelo. Seguía sin saber nada de ella y creía que poco a poco estaba perdiendo las esperanzas de encontrarla.
Oliver se acercó, arrodillándose junto a su hermano, colocando una mano reconfortante en su hombro.
—Hermano, lo siento. Realmente pensé que habíamos encontrado algo esta vez —dijo Oliver, su voz llena de pesar.
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