Sin embargo, cuando dio un paso hacia atrás para alejarse sin llamar la atención, su codo rozó el borde de una mesa estrecha.
Un florero de cristal, alto y delicado, perdió el equilibrio.
El sonido fue brutal.
El estallido del vidrio rompiéndose contra el piso retumbó como un trueno en medio del bar.
El corazón de Stelle se detuvo.
Beatriz y su amante se separaron de golpe, asustados, respirando, entrecortado, con los labios aún húmedos del beso prohibido.
—¡Alguien nos vio! —jadeó el hombre, m