El amanecer se filtraba entre las cortinas de lino, bañando la habitación con una luz dorada y suave.
El silencio era tan cálido que parecía abrazar. Sídney despertó lentamente, sintiendo primero el roce de las sábanas sobre su piel y luego el calor de un cuerpo a su lado.
Giró el rostro… y ahí estaba él. Travis dormía profundamente, su respiración era pausada, su pecho subía y bajaba en un ritmo sereno, tan distinto al hombre atormentado que había conocido días atrás.
Por un momento, Sídney lo observó en silencio.
Le pareció verlo como en aquellos años de juventud, cuando todo era más simple, cuando bastaba con mirarse para saber que se amaban. Su corazón se estremeció.
Se incorporó un poco, y con la yema de los dedos acarició su rostro, recorriendo la línea de su mandíbula, la comisura de sus labios, su cabello despeinado. Tenía el gesto tranquilo, vulnerable, humano.
“Podría pelear una guerra contigo, Travis… pero ¿para qué perdería el tiempo luchando, si puedo usarlo para amarte? D