—Si vas a empezar de nuevo con tus cosas, es mejor que te vayas ahora mismo de mi habitación —sentenció Amelia en un tono que pretendía sonar firme, pero que delataba su agitación.
Su pecho subía y bajaba de manera desbocada bajo la fina tela del camisón, mientras un sudor frío, nacido de la pura tensión sexual que flotaba en el ambiente, le recorría lentamente la piel entre los senos.
—Tengo calor, de verdad —se justificó Alessandro con total desparpajo, estirando el cuello y echándose aire co