Amelia sintió cómo dos golpes secos y rítmicos en el vidrio de la ventana la hicieron abrir los ojos de golpe, arrancándola de una pesadez repentina. Desorientada, miró a su alrededor en la penumbra del cuarto; no supo en qué momento se había quedado profundamente dormida sobre la cama, pero el corazón le comenzó a latir a una velocidad alarmante cuando enfocó la vista y se dio cuenta de quién era la persona que estaba de pie, recortada contra la oscuridad, en el exterior de su balcón.
Se levan