Amelia sentía que sus dedos temblaban contra el cuero del asiento, una vibración interna que amenazaba con despojarla de la poca compostura que le quedaba. Sus piernas se apretaban con fuerza una contra la otra, tratando de crear una barrera física en ese espacio tan reducido, mientras sus ojos, casi de forma traicionera, se fijaban en las venas que marcaban el cuello de Alessandro. Se veían duras, tensas, al igual que sus manos sobre el volante, las cuales apretaba con una fuerza desmedida, co