El fuego parecía querer devorar a Amelia. Las llamas devoraban con voracidad la madera vieja y el concreto de la habitación, alzándose como monstruos resplandecientes que reducían el oxígeno a nada. Ella sentía un sudor caliente bajarle por la frente y perderse entre su pecho, empapando la delicada tela que ahora se sentía como una trampa mortal. El vestido blanco que llevaba puesto era asfixiante, pesado por el sudor y el humo tóxico que se colaba en sus pulmones con cada bocanada de aire. Ahí