Ginevra sentía que no podía respirar. El aire se le atoraba en la garganta como si fuera vidrio molido, y un peso aplastante en el pecho la obligaba a encorvarse sobre su propio cuerpo en una de las sillas de la fría sala de espera. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo iba a tener que sufrir por causa de ese maldito hombre? De ese hombre que se suponía que era su padre, el ser que debió haberla protegido y darle felicidad, pero que lo único que le había entregado en la vida era una amargura insoportabl