Amelia se encontraba en su habitación, acostada en la cama y sumida en un sueño profundo, arropada por las sábanas de seda. La única iluminación del cuarto era la tenue luz de la luna que se filtraba a través de los grandes ventanales del balcón.
De repente, un repiqueteo suave y constante contra el cristal de la ventana rompió la calma. Amelia se removió entre las cobijas, confundida, hasta que el sonido se repitió. Se incorporó despacio, frotándose los ojos, y caminó descalza hacia el balcón.