Alessandro se dejó caer en la silla de su oficina. Sentía que las sienes le ardían y un dolor de cabeza había comenzado a embargarlo. Cerró los ojos con fuerza, tratando de disipar la imagen de Amelia desafiándolo, una visión que se repetía en bucle detrás de sus párpados. La rabia, lejos de apagarse, se había transformado en una vibración constante bajo su piel.
—No, no te daré el divorcio para que vayas y te revuelques con quien te dé la gana, —se dijo a sí mismo en la oscuridad de su mente,