CAPÍTULO 40 — Los que siempre esperan
El restaurante del centro estaba lleno, pero no era ruidoso. Era uno de esos lugares elegantes donde la gente importante habla en voz baja creyendo que nadie escucha, donde los apellidos pesan más que los platos y las miradas dicen mucho más que las palabras que se pronuncian.
Gonzalo Ortega dejó el diario sobre la mesa con un gesto lento, medido, casi ritual. Fiona, sentada frente a él, apoyó la taza de café con cuidado, como si incluso ese sonido pudiera delatar lo que estaba pensando.
—Así que pidió la herencia —dijo él, señalando la noticia con el mentón—. Martín Fontes se fue… y se llevó liquidez en sus manos.
Fiona no sonrió, pero algo le brilló en los ojos. No era alegría. Era cálculo.
—Eso es dinero suelto —respondió—. Dinero buscando dónde entrar.
Gonzalo asintió despacio. Conocía ese olor. Lo había seguido toda su vida, lo había perseguido, lo había esperado cuando no llegaba y lo había usado cuando por fin aparecía.
—Y mirá