CAPÍTULO 41 — El apellido que quema
Gabriel no contestó ninguna de las llamadas.
Miró el teléfono vibrar una y otra vez en el bolsillo del saco, sintiendo esa presión incómoda en el pecho que no era miedo, sino intuición. Su padre no insistía así porque sí. Algo había pasado. Algo se había filtrado. La prensa, seguramente. Siempre la prensa. Siempre ese mundo que él había decidido dejar atrás y que, sin embargo, nunca terminaba de soltarlo.
—Después —murmuró para sí—. Después vemos.
Salió del edificio junto a Carolina, atento a cada paso de ella, a la manera en que se apoyaba apenas más de la cuenta en su brazo, a ese esfuerzo silencioso que hacía para no mostrar que la vista le estaba fallando otra vez. Ella hablaba, intentando ordenar en voz alta todo lo que había pasado con Martín, como si al decirlo pudiera dejarlo atrás.
—No puedo creer lo rápido que se fue —decía—. Ni siquiera quiso sentarse a pensar y a tratar de hablar conmigo. Fue directo al orgullo.
Gabriel asentía, e