CAPÍTULO 41 — El apellido que quema
Gabriel no contestó ninguna de las llamadas.
Miró el teléfono vibrar una y otra vez en el bolsillo del saco, sintiendo esa presión incómoda en el pecho que no era miedo, sino intuición. Su padre no insistía así porque sí. Algo había pasado. Algo se había filtrado. La prensa, seguramente. Siempre la prensa. Siempre ese mundo que él había decidido dejar atrás y que, sin embargo, nunca terminaba de soltarlo.
—Después —murmuró para sí—. Después vemos.
Salió