CAPÍTULO — La Sala al Rojo Vivo
La sala de reuniones del Grupo Fontes quedó en un silencio incómodo, casi ceremonial, en el mismo instante en que Carolina cruzó la puerta.
No fue casual ni improvisado, sino uno de esos silencios que se imponen solos, que nacen cuando alguien entra con la certeza absoluta de saber quién es y qué lugar ocupa. El saco rojo marcaba presencia antes incluso de que hablara, los lentes perfectamente acomodados no escondían nada, y sus ojos azules, firmes y claros, no mostraban rabia ni nerviosismo, sino algo mucho más profundo: convicción, fe y una calma que solo tienen quienes ya tomaron una decisión irrevocable.
Caminó hasta la cabecera con paso tranquilo, sin apurarse, sin mirar a los costados en busca de aprobación, saludó apenas con un gesto de cabeza y tomó asiento como si ese lugar siempre le hubiera pertenecido.
—Buenos días —dijo finalmente, con una voz serena que no necesitó elevarse para ser escuchada.
Nadie respondió de inmediato.
La silla de