CAPÍTULO — Lo que ve el corazón
La casa de Betina estaba en penumbras cuando Carolina y Gabriel llegaron. No era tristeza: era costumbre. Desde que la vista de la madre había comenzado a fallar, casi no encendía luces. Se guiaba por el tacto, por el ruido, por la memoria. Por todo… menos por los ojos.
—¿Mamá? —llamó Carolina apenas cruzó la puerta.
—Acá estoy, hija… —respondió la voz suave desde el sillón, acompañada del sonido del bastón apoyándose al levantarse.
Carolina corrió hacia ella, la