CAPÍTULO —DORMIR JUNTOS
La cena fue simple: pan, queso, un par de pizzas caseras que mamá calentó con esa precisión que tiene incluso sin ver, y una copa de vino que brillaba bajo la luz tenue de la cocina. Sin embargo, para mí, fue la mesa más significativa de mi vida. Había algo en ese pequeño ritual doméstico que convertía lo sencillo en sagrado.
Mamá, con esa serenidad que la caracteriza incluso en la oscuridad que habita desde hace años, levantó la copa buscando nuestro sonido antes que nuestra imagen.
—Brindo porque se eligieron —dijo, con la voz emocionada que trataba de disimular—. Y porque vuelvan a elegirse cada día, aunque el mundo no entienda nada de lo que pasa puertas adentro.
Gabriel y yo levantamos nuestras copas y, por un momento, sentí que ese gesto sostenido entre tres personas formaba un puente, una promesa silenciosa, una familia naciendo sin ruido.
Después de la comida, conversamos un rato más. Gabriel escuchaba a mamá con un respeto tan natural que parecía