—¡Déjame en paz! —gritó Beth, las manos temblorosas, mientras se apartaba de Bruno, su respiración agitada—. ¡No sé nada! ¡Savelli me ha expulsado de la empresa! No puedo hacer nada.
Bruno la agarró con brutalidad, sus dedos como apretando su cuello, y ella vio en sus ojos una furia tan profunda que le heló la sangre.
Las lágrimas caían sin cesar de su rostro, pero no le importaba. No había piedad en él.
—¡Si no me ayudas, mataré a tu familia! —bramó, su voz llena de odio y desesperación.
Beth l