—¡Déjame en paz! —gritó Beth, las manos temblorosas, mientras se apartaba de Bruno, su respiración agitada—. ¡No sé nada! ¡Savelli me ha expulsado de la empresa! No puedo hacer nada.
Bruno la agarró con brutalidad, sus dedos como apretando su cuello, y ella vio en sus ojos una furia tan profunda que le heló la sangre.
Las lágrimas caían sin cesar de su rostro, pero no le importaba. No había piedad en él.
—¡Si no me ayudas, mataré a tu familia! —bramó, su voz llena de odio y desesperación.
Beth luchaba por respirar, pero sus palabras eran un susurro ahogado.
—¡Mátalos, no me importa! —respondió, incapaz de ocultar el rencor y el dolor que la ahogaban.
Bruno apretó aún más su agarre, sus dedos marcando su piel. Un brillo de rabia iluminó su rostro.
—¡Bien! —dijo, como si se tratara de una resolución—. Entonces, te mataré a ti ahora. Pero antes… disfrutaré de tu cuerpo caliente.
Beth sintió que el mundo se desmoronaba.
El hombre la empujó al suelo con tal fuerza que casi perdió el conocim