Matías salió de la casa con el corazón palpitante y las manos aferradas al volante con una fuerza desmedida.
El motor rugía en la calle, mientras conducía hasta el punto de encuentro.
El aire frío se colaba por la ventanilla entreabierta, pero no lograba enfriar la rabia que hervía dentro de él.
Al llegar, la vio.
Laura estaba de pie, con los hombros caídos y los ojos vidriosos, al borde de las lágrimas.
Cuando lo vio, su rostro se iluminó con un destello de esperanza.
—¡Matías! —exclamó con voz