Matías sintió que se volvía loco. La rabia le nubló la razón, sus puños se cerraron con fuerza y, sin pensarlo, descargó un golpe brutal contra el rostro de aquel hombre. El sonido seco de su puño chocando contra la carne resonó en el pasillo del hospital. Walter cayó al suelo como una simple ficha de dominó, aturdido, con la nariz sangrando y la mirada vidriosa.
—¡Imbécil! ¡Largo de aquí! —rugió Matías, con el pecho agitado y los ojos encendidos de furia.
Giancarlo apenas alzó la mano y, de inm