Roma y Giancarlo llegaron al salón de negociaciones, el aire estaba cargado de tensiones no dichas.
El murmullo de los inversionistas llenaba la sala, pero Roma solo podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón.
Caminaba nerviosa, sus pasos resonando como un eco en su mente.
Giancarlo, al notar su ansiedad, la miró fijamente, su mirada profunda y tranquila, sin previo aviso, tomó su mano.
—¿Mi amor? —dijo con suavidad.
Las palabras fueron como un susurro en la tormenta de pensamientos