Matías y Giancarlo Savelli iban en el auto, el silencio que llenaba el vehículo era pesado, opresivo, casi palpable.
Giancarlo no decía una sola palabra, pero su rostro estaba teñido de una rabia feroz. Su mandíbula tensa, sus manos apretadas en los puños, casi podían escucharse los golpes de su corazón acelerado, como si pudiera estallar en cualquier momento.
El chofer conducía sin prisa, pero Matías no podía dejar de mirar por la ventana, como si el paisaje pudiera calmar la tormenta que se de