—¡Papito! —Los gritos de los niños llenaron la sala como un eco desgarrador.
El caos era absoluto.
Guardias entraron de inmediato, levantando a los pequeños del suelo, sus pataleos y sollozos eran un intento desesperado por aferrarse a su padre, pero fueron llevados a una habitación donde la niñera los esperaba.
—Tranquilos, tranquilos… —les susurró, abrazándolos con fuerza.
—¿Papito está bien? —sollozó Aria, con los ojos llenos de miedo.
—Sí, mi amor, volverá pronto.
—¿Y mami Roma?
La niñera no