—¡¿Qué dices, Mateo?! Yo no he hecho nada, ¿cómo puedes hacerme esto? Si Annia estuviera viva…
Mateo se echó a reír, pero su risa no era de diversión, sino de burla, de desprecio.
—¡Pero si tú eres Annia! —rugió, señalándola con furia—. ¡Annia no está muerta! ¡Que todo el mundo lo sepa! ¡Eres una repulsiva mentirosa!
El salón se llenó de murmullos ahogados, jadeos de sorpresa.
Los invitados miraban a la mujer que, hasta hace unos segundos, parecía una novia radiante y segura de sí misma. Ahora,