Roma estaba a punto de entrar al salón cuando, de repente, sintió cómo varias manos firmes se interpusieron en su camino.
Un grupo de guardias bloqueó su paso con una frialdad implacable.
—¡Señora, abandone las instalaciones! —ordenó uno de ellos con voz severa.
Por un momento, Roma sintió que la rabia la quemaba por dentro. Su mandíbula se tensó mientras su mirada se dirigía instintivamente hacia Alonzo, quien la observaba con una sonrisa triunfal.
Claro que esto era obra suya. Su exmarido no p