Giancarlo la observó fijamente, con esa intensidad que siempre la hacía estremecer.
—Roma, no creo que esas mujeres sean sinceras.
Ella suspiró y cruzó los brazos. La escena de Carla y Carmen arrodillándose aún le revolvía el estómago.
—Tampoco les creo, pero su cambio fue tan repentino que me inquieta. Siento que están tramando algo.
Giancarlo esbozó una sonrisa irónica y asintió.
—Por supuesto que están tramando algo. Pero no te preocupes, mantendremos los ojos abiertos. Vamos a jugar su juego