Fernanda intentaba llamar a los Savelli, pero cada vez que marcaba, la llamada caía en la bandeja de voz.
Nadie respondía. El reloj parecía moverse más lentamente, el tiempo se volvía una carga insoportable. Estaba sola con su angustia.
«¿Por qué nadie contesta?», pensaba, mientras el miedo se apoderaba de su pecho.
Matías tenía que estar bien, ella no podía soportar la idea de perderlo.
—Matías, por favor, tienes que estar bien. Sus palabras eran un susurro, una plegaria al viento, mientras se