Giancarlo llegó al oscuro y sombrío lugar.
Sus pasos resonaban en el silencio de la casa, el aire pesado y denso como si todo en ese sitio estuviera esperando a estallar.
Cuando entró, sus ojos se encontraron con los de ella.
Ilse estaba allí, inmóvil, en una habitación oscura que parecía estar a la deriva entre el pasado y el presente.
El miedo se reflejó en su rostro cuando lo vio entrar.
Sus ojos, al principio vacíos de vida, se llenaron de pánico.
—¡Tú estás muerto! —exclamó ella con voz que