—¿Roma?
El rostro de Roma estaba marcado por el dolor, sus ojos rojos e hinchados por las lágrimas que se negaban a cesar.
Cada parpadeo era una lucha por contener el torrente que amenazaba con desbordarse de nuevo.
Giancarlo se acercó, su expresión era sombría, pero había una suavidad en su gesto cuando colocó sus manos sobre los hombros de Roma.
Sus dedos, ásperos y fríos por el roce de los años, rozaron su piel, limpiando con cuidado las lágrimas que caían.
—No me gusta verte llorar, Roma. Me