Roma cargó a Matías en sus brazos, el corazón, latiéndole con violencia mientras suplicaba que lo llevaran al hospital.
Pero la ambulancia no llegaba.
Giancarlo, con el rostro tenso y las manos temblorosas, decidió no esperar más.
—Suban al auto, ya.
Los niños, asustados, obedecieron sin chistar.
Roma, con Matías en sus brazos, sintió que el tiempo se desdibujaba en la velocidad con la que Giancarlo cruzaba las calles.
Su mente estaba nublada por el terror.
Al llegar al hospital, el personal los