—¿Quién te crees que eres? Eres un imbécil —exclamó Fernanda, empujándolo con todas sus fuerzas.
Matías sonrió, una sonrisa llena de desafío, mientras sus ojos brillaban con deseo.
Se acercó a su rostro, demasiado cerca, y ella sintió que su cuerpo reaccionaba involuntariamente. No podía evitarlo, su respiración se volvía más errática y sus manos, aunque temblorosas, empujaban su pecho para mantener la distancia.
Pero él no se detuvo, tomándola de las muñecas con firmeza y apartándolas de su cue