La llamada se colgó de golpe, y en ese instante, Alonzo avanzó hacia Roma como una tormenta desatada.
Con furia descontrolada, la tomó de los brazos, sus dedos clavándose en su piel, y la empujó con tal violencia que la lanzó contra la cama.
Roma apenas pudo resistir la embestida, cayendo con un golpe sordo que resonó en sus oídos.
Estaba atrapada debajo de él, su cuerpo inmóvil bajo la presión de su fuerza.
Alonzo se inclinó sobre ella, su rostro tan cerca del suyo que podía sentir su aliento c