Beth salió de la oficina con pasos firmes, pero apenas pudo dar unos cuantos antes de encontrarse de frente con Andrea.
Su sonrisa burlona la esperaba, como una trampa cuidadosamente colocada.
—Fuiste despedida, ¿verdad? —canturreó con veneno en la voz—. Ahora ya sabes quién es la dueña de Mateo. Tú siempre fuiste una simple amante, Beth. Nunca serás una esposa.
Beth sostuvo su mirada sin parpadear. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no se permitiría temblar frente a ella.
—¿Es así como