—Hola, Fernanda, ¿cómo estás? —preguntó Roma, con la voz temblando ligeramente mientras intentaba ocultar la preocupación en sus ojos.
Fernanda levantó la mirada y, forzando una sonrisa, intentó esconder el dolor que se reflejaba en su rostro.
—Yo... bien, gracias por venir. No debieron haberse preocupado —respondió, con una voz quebrada, casi inaudible.
—¿Cómo no íbamos a preocuparnos? —dijo Giancarlo, luego miró a Matías con rabia, mientras la frustración y el enojo se desbordaban en su tono—.