Roma se alejó, su respiración entrecortada y su cuerpo temblando por la furia contenida.
Sin poder contenerse, dio una bofetada a su rostro, un acto que resonó con un sonido seco, casi doloroso.
—¿Estás loco? —gritó, su voz quebrándose con el peso de la rabia y el dolor—. ¡¿Perseguirnos hasta aquí?! Lo que sentí por ti ya se fue hace mucho tiempo.
Al principio, quise ser la esposa que jamás llegué a ser, pero… en los brazos de Giancarlo Savelli, no puedo ser otra cosa más que su mujer, y lo disf